Trotamundos: Río de Janeiro Día 4

Abrimos los ojos en el último día de estadía en la ciudad. Si bien el clima nos había regalado unos días llenos de sol hoy nos tocaba ver algo de cielo nublado. Como algunos rayos asomaron desafiantes a lo que marcaba el servicio meteorológico, nos fuimos a disfrutar de la playa. Ésta estaba desierta. Sólo unas pocas personas se atrevían a relajarse en la arena este día ventoso y laborable. Como nos habíamos levantado bastante tarde, luego de estar panza para arriba,  al cabo de un rato ya era mediodía. Hoy nuestro punto de descubrimiento apuntado era el barrio de Lapa, la Escadaria Selarón y las calles del centro de la ciudad.
Nos tomamos el colectivo 102 que en tan sólo media hora nos dejó en la zona. Lapa no es oficialmente un barrio pero es conocido por ser el rincón más bohemio de todo Río de Janeiro. Históricamente vivieron (y viven) allí todo tipo de artistas y se encuentran bares de diferentes estilos. Décadas atrás también fue zona de cabarets y escondites de maleantes por lo que se ganó rápidamente el apodo de "Montmartre" Carioca por su similitud al barrio parisino. El aspecto de la zona es muy distinto a lo que se puede ver a Copacabana o Ipanema, dedicados estos exclusivamente al turismo. En la zona muchos edificios se perciben sin mantenimiento y con un gran deterioro. Otros, de igual pésimas condiciones, se encuentran pintados y con graffitis. La arquitectura crisólea inspira a muchos turistas a tomar fotos y caminar por la zona. Al transitar un par de cuadras vimos de lejos los edificios del centro que se destacan a las alturas como la Catedral Metropolitana, el Teatro Municipal y los rascacielos del centro.
Nos dirigimos a la escadaria y ya a un par de cuadras se la notaba repleta de turistas. Familias, amigos y novios, todos posando en más de sus 215 escalones. El nombre de la escalera es en honor al artista chileno Jorge Selarón, que comenzó a redecorarla en la década del 90.
La misma es un cúmulo de lugares y personas ya que posar la mirada en cada uno de sus azulejos te lleva a algo familiar. Realmente es una gran representación del color y el estilo multifascetico de la ciudad. Subiendo y bajando sus peldaños pude reconocer al escudo de Boca Juniors, Buenos Aires,  Racing Club, Chicago y Nueva York entre otros.
Permanecimos en el lugar un rato más y luego nos dirigimos hacia las calles del centro. Pasamos de lejos por la Catedral Metropolitana de estilo moderno y por el Teatro Municipal muy bonito y de forma muy similar al de São Paulo. Estábamos  en el corazón económico de la ciudad: El centro. Como toda nuestra estadía la habíamos pasado en Copacabana y otras zonas turísticas, habíamos ignorado que Río también tiene espacio para los negocios. Empezamos a caminar por la Av. Río Branco y la zona se encontraba repleta de oficinistas que iban de acá para allá con sus maletines. También se hacían notar los altos edificios con sus ventanas espejadas. Como era cerca de las 14 hs. y sólo habíamos ingerido el desayuno, nos dispusimos a buscar un lugar para almorzar. Llegamos a un local de comida rápida que ofrecía pizzas y otros platos típicos como feijon con arroz. Ordenamos un plato de feijoada con pollo y farofa. Cuando tomamos las bandejas ocurrió algo extraño. Como no había muchas mesas libres nos dirigimos hacia otra puerta que daba a un salón con más mesas dentro. Cuando entramos, una persona nos explicó que las instalaciones pertenecían a otro local de comidas completamente independiente al que estaba al frente. Dimos la vuelta con nuestras bandejas y nos ubicamos en un espacio recientemente desocupado durante esta revelación. Parecía ser que los locales en la ciudad se aprovechan al máximo. Comimos y seguimos camino.




Nos dirigimos a la Av. Presidente Vargas, de gran similitud a la Av. 9 de Julio por su amplitud y de peculiar gracias a la Iglesia de la Candelaria erigida al final de esta. Dentro del centro, también se encuentra la zona comercial de Cinelândia, lo más parecido al once porteño. Existen allí gran número de locales que venden camisetas no oficiales (truchas) de fútbol, pelotas y remeras a un precio muy accesible. Compramos algunos regalos y luego nos dirigimos a una barbería que habíamos detectado cuando nos dirigimos a comer. Desde hace varios meses quería cortarme el pelo en este tipo de peluquerías y como no me había animado en Buenos Aires, era la excusa ideal para hacerlo en vacaciones. El local elegido fue "The Barbers", un edificio de dos pisos atendido por peluqueros de chaleco y zapatos formales. El encargado de "darle onda" a mi look fue Patrick, un carioca muy amable de tan solo unos 20 años. Me ofrecieron un café y luego de tomarlo el joven comenzó su trabajo. Era fanático del fútbol y del Flamengo por lo que empezamos a hablar de jugadores como Diego (que se encontraba militando en las filas del Carioca del momento), de Romário y del fenómeno Ronaldo, futbolistas que marcaron mi infancia y el gusto por el buen fútbol. A pesar de ser argentino nuestros intercambios futbolísticos fueron amables y sin necesidad de encontrar ninguna polémica. Se notaba que tenía muy pulida su técnica porque al cabo de media hora terminó de cortar. Estaba muy conforme con el resultado final. Nos despedimos y seguimos rumbo. Se había largado a llover. Corrimos hacia la estación de Metro y nos tomamos un coche en la estación Cinelandia, ubicada entre los locales comerciales mencionados anteriormente. Hicimos una parada por el barrio de Botafogo porque nos dirigimos al centro comercial del barrio para comprar una camiseta anhelada por mí hace años: La del Flamengo. En mis épocas de adolescente mi padrino me la regaló para mi cumpleaños pero luego de su deterioro y el ofrecimiento de otro fanático de intercambiarla por la del Corinthians me desprendí de ella. Mi dolor fue tal hacerlo que uno de mis objetivos previos al viaje era hacerme nuevamente con ese botín. Lo que no sabía era también que me iba a llevar la del São Paulo, gracias a un regalo de cumpleaños anticipado de mi novia. Como perro con dos colas nos dirigimos hacia el departamento.

Y observando el cielo con un gusto dulce por todo lo vivido, llegaba el fin de nuestra estadía en la ciudad, una que a priori se vendía como una de las más cosmopolitas del mundo. Y no defraudó con sus muestras de personalidad y variedad de paisajes, colores y aromas.
Era la hora de partir  pero antes de abandonarla nos hacíamos una promesa: En algún futuro, pasado o cercano, volver a visitarla.




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